Vivimos en las historias que nos contamos
On 5 octubre, 2018 | 0 Comments

Me causa dolor escribir sobre este tema quizás porque al reconocerlo se activan los mecanismos de defensa que disparan mis más profundos miedos, sin embargo, me sobrepongo y lo hago con algo de resquicio.

La historia comienza con un niño de nuestros días que tendría entre 3 a 5 años, muy activo, inquieto y sobretodo híper consentido, hijo único de una pareja moderna que quiere seguir viviendo como en sus días de juventud y que crían a su hijo como el ser más especial del universo buscando complacer hasta sus más descabellados antojos.

De visita en un pequeño zoológico regional, los padres, más emocionados que su hijo, le muestran cada uno de los animales que ven ilustrándolo con historias algo fantasiosas para buscar captar su atención, el niño va aburriéndose y va notando que deja de ser el centro de atención de sus padres sustituido por la gran variedad de especies con novedosos atractivos que roban el interés que él antes ostentaba.

Entonces aparece, como de trasfondo de la jaula de los monos titi, la cabra blanca, el niño grita “la cabra”, los padres no lo determinan embelesados con la miniatura humanidad de los monos, vuelve y grita “la cabra blanca”; los padres le explican que después van a llegar a donde las cabras  y que deben continuar el recorrido según el guía les indica. El hijo no se calma  sino que aumenta los gritos y lanza improperios contra el guía y sus padres porque no lo quieren llevar a donde está la “cabra blanca”.

La escena se crece en tiempo e intensidad, pataletas, gemidos lágrimas, amenazas y las típicas armas del niño manipulador con sus respectivas respuestas inmaduras de sus blandos e infantiles padres. Entre ires y venires finalmente llegan al área de las cabras y ahí está “la cabra blanca” que entre micos y mallas metálicas el malcriado niño había atisbado unos minutos antes.

Todos esperábamos que ahí concluyera esta melodramática situación, pero no fue así, el niño no quiso reconocer a la cabra blanca real, que visualmente había percibido, como la “cabra blanca” de su imaginación la cual nunca más volvería a ver porque sus malévolos padres no le hicieron caso en el momento que él lo demandaba y no lo llevaron en contravía del recorrido del zoológico.

No hubo explicaciones técnicas, visuales, espaciales o de cualquier otro tipo que satisficieran la historia que este común niño se había contado a sí mismo. Lo único que existía para él era el dolor, la rabia y el resentimiento con el guía y con sus padres.

Por un momento notamos en la cara del niño, que él entendía que esa era la misma cabra que él había visto, pero como la obra de teatro estaba tan avanzada su profundo narcisismo le impedía reconocer que su imagen de niño perfecto se pudiera haber equivocado.

Eso fue todo con él niño, el problema es que así come el niño de la historia, cada uno de nosotros vivimos o creemos que vivimos porque queremos o perseguimos a nuestra “cabra blanca” que alguna vez vimos o soñamos y por la cual hacemos alborotos, sobreesfuerzos y sobretodo; consumimos nuestras vidas queriendo lograr, alcanzar o llegar a ser algo que ya no existe y si existe y lo encontramos no seremos capaces de reconocerlo porque estamos nublados por nuestra emociones y fantasías adorando nuestra imagen reflejada en el estanque tal como lo padeció el hermoso Narciso.